LA CREACIÓN DE UNA ESCUELA ALTERNATIVA MONTESSORI. Entrevista a una madre II

Continúa la entrevista de buntglas a Sybille, traducida de su blog en alemán e italiano. En la primera parte contaba cómo era la escuela Umaduma que fundaron un grupo de padres como alternativa a la enseñanza pública a la que sus hijos no se adaptaban o que no coincidía con sus preferencias pedagógicas. Hoy Sybille enseña en casa, y parte de ese proceso lo sigue describiendo en esta entrevista en la que cuenta las dificultades que atravesaron para mantener su escuelita.

¿Un día típico?

Los niños- en nuestro primer año eran unos veinte entre cinco y trece años- llegaban al cole. Algunos empezaban inmediatamente con una actividad, otros se sentaban, contaban algo, quizá desayunaban. A las ocho y media se hacía una especie de reunión, en círculo por el suelo con cojines, donde se planificaba todos juntos la jornada, se hacían propuestas, se votaba, por ejemplo, dónde hacer la próxima excursión. Era cuando los profesores informaban a los niños de las propuestas didácticas para ese día, se les presentaba el material didáctico especial, o se hacían propuestas concretas para una asignatura. Así los niños sabían que a tal hora en tal aula encontrarían a tal profesor para hacer tal actividad con ellos, con quien quisiera. Los niños tenían libertad siempre para hacer lo que querían, con quién, durante cuánto tiempo, en qué sitio. Sólo los más mayores tenían un aula reservada para ellos, donde los otros podían entrar previa

¿Deberes? ¿Calificaciones? ¿Notas?

Obviamente, no había deberes para casa. Pero sí que algunos niños pedían llevarse a casa hojas de ejercicios, de matemáticas o de escritura. Me acuerdo bien de que también John continuaba con las búsquedas de algún tema que le interesaba especialmente, hojeaba los libros, tomaba apuntes, dibujaba, preguntaba… Seguramente este modo de estudiar se le ha quedado.

No había notas en el sentido tradicional, pero sí informes dos veces al año en los que se podían leer las observaciones de los profesores: sobre el comportamiento, sobre el desarrollo emocional, qué tipo de actividad prefería, los cambios que se producían a lo largo de los meses,…

Una de las tareas principales de los acompañantes en el proceso montessori era la de observar y estar disponible. Sólo una observación muy atenta hace posible aprovechar los matices de los intereses actuales del niño, lo que necesita y sólo en base a estas observaciones se puede hacer propuesta didáctica o de material justa, adecuada al niño en ese momento. Los niños no se te acercan y te dicen: “profe, enséñame a leer”. Pero cuando se observa que mira a los otros que escriben,o que hojeando los libros no se detienen sólo en las imágenes sino también en las palabras, cuando su mirada se posa con mayor frecuencia sobre el alfabeto de madera,etc, entonces puede ser el momento para iniciar al niño en la lectura, haciendo que descubra, paso a paso, los maravillosos materiales montessori, que funcionan, con gran autocontrol, para que el niño pueda aprender con autonomía, sin que ninguno le diga continuamente “esto está bien” o “esto está mal”. A menudo basta con poner bien a la vista sobre la mesa el material, o mejor aún, empezar a usarlo uno mismo, dando así la posibilidad al niño de decidir autónomamente si es suficientemente interesante como para atraer su atención… si no, puede ser que no sea el momento adecuado. He visto con mis propios ojos que, sabiendo esperar al momento justo (algo que puede ser muy difícil), lo que se llama “fase sensible”, un niño consigue aprender todas las letras en muy poco tiempo, comparado con el sistema tradicional de una letra nueva cada tres días. Entre John que ha aprendido a leer con el sistema tradicional en la escuela elemental, y Sandro que ha aprendido “por sí mismo”,hay incluso hoy una gran diferencia en el estilo de lectura. Y sí, pienso que el tipo de aprendizaje, el modo en el que tomas contacto con algo a aprender, cuenta mucho para el futuro, cuánto sientas esto como algo tuyo, y apreciarla como una parte de tí mismo.

¿Cuántos maestros o “acompañantes de aprendizaje” estaban disponibles?

¡En nuestro primer año reinaba casi la perfección! Había dos profesores con formación montessori (en esos tiempos no era fácil encontrar, en nuestra provincia, maestros con este tipo de formación, en alemán, nuestra lengua). Además, tres días a la semana venía un profesor americano que hablaba con los niños únicamente en inglés. Y luego- por desgracia sólo un par de veces por semana- una señora nativa italiana que venía por este idioma. Además se necesitaban padres para garantizar el servicio: cada día éramos dos o tres para echar una mano. Ya que los niños podían elegir libremente el lugar en el que estar, se necesitaba un adulto para cada espacio: no para controlar o para “enseñar” en el sentido tradicional, sino para estar a su disposición y para observar. Obviamente, no todas las familias podían permitirse estar un día a disposición del colegio: el que no podía ayudaba de otra forma, con la limpieza, preparando en casa nuevo material didáctico, o pagando. Era muy interesante ver cómo los niños después de poco tiempo ya habían comprendido qué persona estaba para qué actividad, tienen de verdad una gran sensibilidad e intuición.

En nuestro segundo año (el tercero de la escuela) llegaron muchos problemas con los profesores. Por un tiempo tuvimos miedo de tener que cerrar la escuela. Los tres, por motivos personales y probablemente también por motivos económicos, decidieron dejar Umaduma y aceptar un trabajo en otra escuela. ¡Acababa de empezar el verano y nosotros no sabíamos si en septiembre podríamos empezar el año académico!. Una sensación terrible. Además, tras estos acontecimientos, algunas familias comenzaron a tener fuertes dudas sobre el sentido del proyecto y la probabilidad de poder seguir con él, y decidieron inscribir a sus hijos en el colegio público. Esto para nosotros tuvo consecuencias económicas y tuvimos que aumentar la cuota mensual, para cubrir los gastos de alquiler, etc. De milagro conseguimos, en el último momento, encontrar dos profesores (uno con formación montessoriy el otro que acababa de empezar el curso). Pero para ninguno era posible venir todos los días al colegio, ¡vaya!. Así que decidimos que dos madres (que lo hacían de buena gana) se encargarían del “día de la naturaleza” con autonomía, mientras que los otros días Sybille, o sea, yo, iría a gestionar el colegio. Así que durante seis meses he tenido esta experiencia, con el apoyo a tiempo parcial de los dos profesores. Como ya conté, sin Carmen no habría funcionado jamás, sus consejos fueron siempre muy valiosos. Incluso otras personas, que no tenían hijos en el colegio, estaban dispuestas a echar una mano, porque creían en el proyecto, y si pienso en ellos hoy, lo hago con mucha gratitud. Finalmente encontramos una persona dispuesta a relevarme, en el sentido de que ella iría a la escuela todos los días. Digo finalmente porque, aunque este período me gustó mucho y me dio muchas satisfacciones, fue intenso y cansado, y porque además de enseñar yo tenía dos hijos a los que cuidar, una casa, y luego, las tardes llenas de cosas a preparar para el día siguiente, informes de aprendizaje que escribir, la reunión con la dirección escolar, las reuniones con las familias individualmente, informar a los interesados, cada semana una reunión con los profesores y otra con los padres…

Si lo pienso hoy digo “¿pero cómo lo hice?”

Sí, por lo que respecta a los profesores, aquel año no estábamos muy satisfechos. Faltaba continuidad, y ese año se resintieron también los niños, que no tuvieron siempre la serenidad que habíamos esperado. Los padres habíamos decidido que, a toda costa, queríamos garantizar al año siguiente un salto de calidad al colegio, a la educación de nuestros hijos, y queríamos poner toda la carne en el asador para encontrar al menos un maestro a tiempo completo.

¡Y entonces otro problema! Nos subieron el alquiler de modo insostenible, debido a que el contrato de alquiler para los primeros años, dado el gran número de reformas que se hicieron al inicio, era más bajo. Entonces deberíamos pagar un alquiler mucho más alto, lo que era imposible para nuestro presupuesto. Tuvimos que dejar nuestra escuela, no os podéis imaginar qué pena. Todo el verano buscamos, con un cierto pánico, un sitio nuevo al que ir. Y también nuevos profesores, porque los del año anterior, por diversos motivos, no tenían intención de seguir y probablemente toda la situación era demasiado…precaria. Es fácil comprender a las familias que, otra vez, decidieron no continuar y dejaron el grupo. No era ni siquiera posible hacer “publicidad” para nuestro colegio en ese momento, para atraer nuevas familias, ya que no sabíamos dónde ir ni con quién…

¿Cómo hicimos para no desesperarnos y tener confianza en que las cosas se pudieran arreglar? No lo sé. De hecho nos divertimos buscando una nueva escuela y entrevistando a los candidatos a profesores. Vimos de todo, de verdad. Son momentos difíciles de un recorrido que pone a prueba al grupo. Nuestro grupo de padres lo consiguió: todos estos problemas no hicieron más que unirnos.

En resumen, a principios de septiembre habíamos encontrado nuestra nueva escuela. No era un local adecuado a nuestras necesidades, pero ¡no había otra posibilidad!. El ayuntamiento de un pueblo limítrofe nos propuso alquilar la última planta de la antigua escuela elemental, desocupada desde hacía un año. Hicimos lo que pudimos para adaptarla a nuestras exigencias. E increíblemente, sí, encontramos una chica joven suiza dispuesta a gestionar nuestro colegio aquel año ¡yupi!. A pesar de que no tenía formación montessori específica, comprendimos en aquel momento que era la persona perfecta para nuestro proyecto, para nuestros niños, y así se hizo. Poco después encontramos también un estudiante joven de música interesado en participar, y venía tres veces por semana. Para el resto, los padres, turnándonos, echábamos una mano con nuestra experiencia y con lo que podíamos hacer. Estábamos todos contentos hasta que…

…nuestra profesora suiza decidió, por motivos personales, dejarnos. Quizá el trabajo y la responsabilidad eran demasiado grandes, quizá -y probablemente fue por esto- lo que podíamos pagar no correspondía con sus deseos. Comprensible. Fue, de verdad, un momento difícil (otro). Y otra vez nos tocaba a nosotros…Mientras tanto otra familia nos informó que ya no podían más, que tenían la intención de apuntar a sus hijos al año siguiente al colegio público. Por milagro se presentó una profesora de la escuela media que no quería saber nada del método de la escuela pública, que había llegado al límite. Y tenía experiencia montessori. ¿Qué más se podía pedir? Era fantástico- otra vez el destino hizo que encontráramos la persona adecuada en el momento justo. Y así las cosas empezaban a ir bien hasta que…los problemas económicos se volvieron insostenibles hasta el punto que decidimos trasladarnos otra vez. Pero ¿a dónde?.

Sería una mentirosa si dijera que a los niños todos estos cambios de profesor y de lugar no les afectaba. No, no era agradable para ellos tampoco. Pero probablemente ellos han aprendido algo importante: que la única certeza, la única garantía de continuidad éramos nosotros, sus familias, mamá, papá y hermanos…Han necesitado siempre un cierto período de tiempo para acostumbrarse a los nuevos maestros, para confiar en ellos, para adaptarse a su estilo, porque aunque el concepto pedagógico estaba claro, la personas son distintas, reaccionan y piensan de manera diferente, y está bien que sea así, la diversidad es algo precioso (quizá si durase un poco más no tendría tanto desgaste). Además han aprendido a ser flexibles: tanto respecto a los profesores como a los sitios…han aprendido a viajar en transporte público (tren y/o autobús)…a enfrentarse con nuevas situaciones…Siempre había algo positivo en todo ello.

Bueno, así que había que encontrar otra vez una escuela nueva. Pero, al menos ahora teníamos la profesora, ¡buena, comprometida y con muchas ideas! Teníamos confianza. Después de todo lo que habíamos pasado, ya no nos desesperábamos, habíamos comprendido que de alguna forma hay siempre una solución…

En efecto, a finales de agosto (¡siempre last minute!) encontramos una planta en una casita, pequeño pero con un jardín precioso. Con cuidado y con amor equipamos las salas. Aunque el espacio era (demasiado) pequeño, buscamos incluso con más empeño adivinar las necesidades de los chicos, en la selección del material y en las propuestas de actividades.

Todo aquello podría haber funcionado bien si…ya, si no hubiera sucedido un problema en la familia de nuestra profesora que nos comunicó que por motivos urgentes (y, de verdad lo eran, pobrecita) sólo podía empezar a trabajar a finales de octubre. ¡Vaya! ¿Y ahora? Ahora tocaba otra vez a Sybille y a otra madre que gracias a su trabajo de media jornada (¡!) tenía las mañanas libres. Libres para el cole, me refiero. Mientras otras dos madres, experimentadas y expertas para “el día de la naturaleza” se ocupaban de los lunes.

Por desgracia, ni siquiera más adelante, pasados estos dos meses, encontramos profesores para la segunda y tercera lengua (italiano e inglés), lo ideal hubiera sido una persona nativa. Y también nuestras posibilidades económicas eran desastrosas. Ya era evidente que con el alquiler no llegaríamos más allá de junio.

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