LOS NIÑOS BUSCAN SER INDEPENDIENTES.

Continúamos con “Un niño con nosotros” de Grazia Honegger Fresco.

 

El deseo y la necesidad de independencia se dejan ver desde edades muy tempranas. Si reflexionamos sobre la infancia en general y qué significa, observamos que tiene lugar en otros animales como fase de preparación, período de transición cuya finalidad directa es dar paso a adultos autónomos, eficientes. Mientras los cachorros son débiles y dependientes, indefensos, la protección adulta (sobre todo materna) es total. Al mismo tiempo se les estimulan los instintos y comportamientos propios de la especie, para que sepan actuar solos y se les guía o incluso empuja fuera del nido, lejos de lo que han conocido hasta entonces para que inicien una existencia independiente.

 

La infancia humana, en un recorrido similar e incluso más largo, cumple estas leyes naturales. Pero la situación es de mayor complejidad, porque los padres no se deciden nunca a reconocer al hijo la autonomía para tomar sus propias decisiones. Con ello no se crea un lazo afectivo sereno, que enriquezca a ambos, sino un cordón umbilical vinculante, hecho de amor posesivo y de apego enfermizo: incapacidad de los padres de dar sin exigir algo a cambio, incapacidad de los hijos de independizarse tras haber vivido una excesiva protección.

 

“Mamá lo hace, eres pequeño”. Es una actitud de sustitución que a veces dura hasta la edad adulta sin que nadie se dé cuenta. El impedimento sistemático de independencia es casi una droga que da a los padres seguridad para imponer su autoridad: no saben renunciar a ella cuando el niño es pequeño porque temen que no sea capaz de hacerlo en ninguna circunstancia, y cuando son grandes porque no saben cambiar de mentalidad. Es ya demasiado tarde cuando el niño dice: “es que soy pequeño”. Es una actitud de renuncia que el adulto podría contrarrestar con una “ahora ya eres grande”. Esos “no toques, no sabes hacerlo, no puedes, no eres capaz, quieto” son una forma de violencia, aunque inconsciente, que condenan a ser un bebé a quienes otros visten, alimentan y llevan. Si no, automáticamente, deciden por sí mismos qué hacer, dónde ir.

A menudo se confunde rebelión juvenil con independencia. En realidad, son intentos de romper lazos sofocantes. ¿Cuántos lo consiguen? ¿A qué precio?. A veces eligen el camino opuesto de los padres (y esto también es señal de dependencia) y a veces el que los progenitores hubieran elegido por ellos. Toman decisiones equivocadas frenados por prejuicios y tabúes familiares. La independencia hay que adquirirla en los primeros años, cuando ésta coincide con la etapa del desarrollo y no engañarse pensando que se puede alcanzar de adulto por la fuerza o por reacción. El instinto de independencia, el regularse por sí mismo, es parte de la naturaleza humana, un derecho también, no algo que se enseña y aprende, una fuerza que los padres deben apoyar. La independecia es el objetivo último del desarrollo y si a un niño se le ahoga, se le dañará profundamente.

 

El umbral de la intervención (Montessori).

Intervenir es como atravesar el umbral de una habitación, que sería el mundo interior infantil. ¿Entro o no? ¿Mi ayuda es útil o se puede apañar solo? ¿Es oportuno prohibir o mejor que pruebe?. La intervención de palabra es la menos eficaz para un niño menor de dos años. Cuanto menos se ha usado a edades tempranas, tanto más importante es después.

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