EL PODER DE LOS PADRES.

En las interacciones es importante no sólo lo que se hace sino cómo se hace. En las relaciones entre adultos ambos tienen igual responsabilidad sobre la calidad de la misma. Pero en las relaciones con los niños, la responsabilidad es enteramente de los adultos. El problema es que el modo en el que los adultos influimos el proceso está en gran parte fuera de nuestro control, por nuestra personalidad, cambios de humor, conflictos con nosotros mismos o con otros, etc.

Éste es el poder de los padres. Sean cuales sean las cualidades innatas de los niños, los adultos tienen el poder sobre los procesos de interacción que determinan su calidad de vida y su desarrollo hasta que no se convierten en adultos para asumirlas ellos mismos.

Es necesario desarrollar un código ético en las relaciones con los niños y tener cuidado con los inevitables errores que cometemos, asumiendo toda la responsabilidad de estos.

Uso responsable del poder.

Los problemas surgen cuando la responsabilidad de los padres entra en competición con la de los niños. En esos casos, como por ejemplo, si es necesario establecer una hora para ir a la cama, lo más adecuado es que los padres decidan si dejan la responsabilidad a los hijos o no. No hay una medida más adecuada que otra. Pero los padres deben ser conscientes de que son los responsables de la relación que establecen y que, si no se entra en conflictos destructivos, deben ser capaces de cambiar la situación. Además deben discernir cuándo un conflicto es puntual, fruto de divergencia de opiniones, y cuándo es destructivo. Los niños saben lo que quieren, pero no siempre lo que necesitan, y tampoco lo saben por fuerza los padres.

Son muchas las ocasiones en las que los padres ejercen las diferentes posibilidades de su poder, en relación a problemas grandes o pequeños, y así debe ser. Los niños, hasta la adolescencia, necesitan padres que tengan el valor de tomar el mando, actuando en base a su mayor experiencia.

Se comete un abuso cuando se usa el poder para decretar cómo deben reaccionar o cómo deben sentirse los hijos. Sobre todo en lo que se refiere a sentimientos “equivocados”, aquellos que pensamos que no deberían tener. Y lo mismo es válido en las relaciones entre adultos. Nadie puede emanciparse cuando se condenan sus reacciones espontáneas. Lo peor de todo es que los niños, en su más temprana edad, están convencidos de que los padres son omnipotentes y perfectos. Con el tiempo aprenderán que no es así, mientras tanto no es necesario humillarlos.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. ale
    Nov 27, 2010 @ 09:07:00

    Cuanta razón. Al final me termino sintiendo fatal cuando me desespero con mi hija , al demostrarme sentimientos que yo no tendría en ese momento… aunque si vuelvo la vista atrás, a mis seis años, no somos tan distintas. Cultivar la paciencia y la tolerancia es la clave.
    Lo de ver humillar a los niños si que me pone enferma, eso es algo que jamás me sale, ni siquiera sin querer.
    Cada uno cometemos nuestros fallos. Hay que saber reconocerlos e intentar enmendarlos.

    Responder

    • latribu09
      Nov 28, 2010 @ 22:51:27

      ¡Qué interesante tu comentario! Me parece muy acertado lo de pensar en que somos parecidos a nuestros hijos cuando teníamos su edad. Lo difícil es recordar lo que sentíamos entonces.

      Responder

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