LA EDUCACIÓN ALTERNATIVA VI. FRANCISCO FERRER (1859-1909).

Ferrer es un gran desconocido en el mundo pedagógico a pesar de que, durante bastante tiempo, muchas escuelas se basaron en su pensamiento.

Vivió en sus carnes el enorme poder de la iglesia católica en la época en España, ya que dirigía las escuelas y establecía los programas. El colegio en el que estudió dedicaba tres cuartas partes del horario lectivo a rezos, cantos y catequesis; la disciplina incluía castigos corporales era bastante severa.

Afirmaba que el poder del estado se basaba casi exclusivamente en la escuela. Mientras que en el pasado las masas eran controladas manteniéndolas en la ignorancia, con la llegada de la industrialización en el siglo XIX, los estados se encontraron con una competición económica internacional que exigía una clase obrera adiestrada. El triunfo de la escuela responde a exigencias económicas. Ferrer afirma que el estado quiere la escuela no porque espera renovar la sociedad a través de la instrucción, sino porque necesita trabajadores que hagan rentables sus empresas y fábricas. La escuela, por tanto, se había convertido en aquello de los que Godwin advertía: los niños tenían que acostumbrarse a obedecer y a pensar en base a los dogmas sociales existentes.

Para Ferrer el estado existe para defender los intereses de las clases privilegiadas. La escuela no podía ser un medio para mejorar las condiciones de las clases subalternas. A éstas se les enseña a aceptar la situación existente y a afirmar que las mejoras económicas dependen del esfuerzo personal dentro de la estructura establecida.

Concibió una escuela que fuera un medio de liberación social, tanto por los contenidos como por la metodología. El lazo con la realidad social tenía que ser muy estrecho: las escuelas se mantenían, más que por las mensualidades pagadas por las familias de los estudiantes (en proporción a la renta), gracias al interés de las asociaciones locales de trabajadores. Por la noche, las escuelas solían estar abiertas a cursos culturales dirigidos a los adultos. El contenido cultural se caracterizaba por la fe en el “racionalismo unitario”, que consistía en el enseñar a la infancia el deseo de conocer el origen de todas las injusticias sociales, porque al conocerlas se podían combatir. El racionalismo fundado en la ciencia llevaba al ateísmo, frente a pensadores anteriores como Robin que practicaban una neutralidad negativa. El ateísmo de Ferrer estaba fundamentado en el retraso de su país debido a la influencia ya citada de la iglesia en la educación, la política y la sociedad. La negación de la religión buscaba también negar la coerción y el autoritarismo.

En el colegio se proponía que no hubiera ni premios, ni castigos, ni exámenes con calificaciones, sólo un registro de los progresos logrados. No había talleres donde experimentar sobre aquello que se teorizaba. Para compensar se visitaban fábricas, sindicatos y asociaciones obreras. Las matemáticas, por ejemplo, tenían como finalidad convertirse en una herramienta para una organización económica más justa. La aritmética se enseñaba con ejemplos que trataban el reparto justo de la producción, de los medios de comunicación, de los transportes y de los trabajos públicos.

En 1909, la escuela viene cerrada y se condena a su creador a ser fusilado, acusado de haber liderado una insurrección en Barcelona.

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