¿POR QUÉ ES TAN DIFÍCIL NACER?

¿Cómo nacen los niños? A menudo con dificultad, como muchas mujeres pueden testimoniar. ¿Y por qué es así para el ser humano cuando tantos otros animales nacen sin dificultad? No hay ambulancias para las jirafas, ni comadronas para las orangutanas, como bien nos recuerda Desmond Morris.

 

Se afirma que las complicaciones físicas y psicológicas del parto son consecuencia de la adquisición de la postura erecta que estrecha el canal de nacimiento. Si bien esto puede explicar parcialmente la situación, no lo hace por completo, ya que las mujeres antiguamente no necesitaban tampoco asistencia médica y han conseguido parir durante miles de años. Si ellas lo hacían, ¿por qué hoy no es así? A veces se responde que ellas eran menos sedentarias y más fuertes físicamente, pero esto sólo sería válido para algunas culturas.

 

Recién nacido

 

Las mayores diferencias entre los partos tribales y los occidentales actuales se encuentran en el dónde y en el cómo. Alterando estos aspectos, el nacimiento se ha convertido en algo mucho más dificultoso.

 

En la tribu, la mujer pare rodeada de caras conocidas, de mujeres con las que tiene lazos de afecto y que, a menudo, han pasado ya por su misma situación. En occidente se suele parir en el hospital, un lugar asociado a la enfermedad. Trasladarse a un lugar semejante puede poner nerviosa a la parturienta. Y el nerviosismo prolonga el parto, mediante la liberación de una sustancia química especial llamada epinefrina. Biológicamente el retraso permitiría parir en condiciones de mayor seguridad, evitando o minimizando riesgos. Pero actualmente sólo consigue aumentar el tiempo de dolor, incrementando el miedo y el nerviosismo y generando un círculo vicioso.

 

La conclusión podría ser favorable al parto en casa, donde la madre se sienta a gusto y la dilatación, como consecuencia, no se prolonga excesivamente. Pero para ello es necesario que el ambiente doméstico sea aséptico y la madre reciba ayuda de manos expertas. La costumbre sigue llevando a pensar que sólo en el hospital se puede parir con seguridad. Una solución podrían ser las clínicas con un ambiente menos médico y más casero y el conocimiento previo del equipo profesional que genere confianza en ellos.

 

Sobre la postura, se puede pensar en los partos en las tribus. Desde luego, tumbada boca arriba y con las piernas en alto, la gravedad no puede ayudar. Ir a un hospital y ser tratada como una enferma, tumbada en una cama y asistida por médicos no es más que una costumbre, una moda, no una necesidad. La postura más natural es en cuclillas. No en vano se usaban sillas con un hueco en el centro del asiento para permitir el paso del bebé mientras la madre se agarraba a unos asideros delanteros. Todo esto reduce el esfuerzo, aunque no quiere decir que no haya momentos de dolor ni otras eventuales complicaciones.

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AUTOESTIMA, CONFIANZA Y NIÑOS INVISIBLES.

Algunas culturas tienen la idea de que el uso frecuente de felicitaciones o de expresiones enfáticas pueden favorecer un aumento de la autoestima. Pero expresiones como “genial”, “fantástico”, etc en muchos casos sólo generan egos inflados que se desinflan con el más mínimo esfuerzo, con el consiguiente desconcierto de padres y educadores.

 

La autoestima es el conocimiento y la experiencia de aquello que somos. Se refiere a cuánto conocemos de nosotros mismos y cómo consideramos lo que sabemos. Es una cualidad existencial. Es parte fundamenta de nuestra existencia psicológica y determina radicalmente nuestra vida. Puede aumentar o disminuir tanto en calidad como en cantidad. La confianza en sí mismo es lo que pensamos que somos capaces de hacer, de cuánto hábiles o torpes pensamos ser. La confianza en sí mismo es más bien una cualidad externa, adquirida. Una baja autoestima se manifiesta de muchas maneras: miedo a fracasar, a vivir, ser pomposo, insatisfecho, sin límites, autoanulado, con sentimiento de culpa, adicto a sustancias tóxicas, de comportamiento violento, etc. Sin embargo, la falta de confianza en sí mismo no es tan problemática, es más bien un problema pedagógico que psicológico. Aumenta con la consecución de resultados.

 

La autoestima viene alimentada por dos fuentes distintas: cuando una persona importante para nosotros nos ve y nos identifica por lo que somos, y la otra cuando sentimos ser reconocidos y apreciados por lo que somos.

 

Los niños consiguen adquirir un lenguaje personal sólo si los padres se esfuerzan en estudiarlos y en interpretar sus expresiones y sentimientos. Es decir, necesitan “ser vistos” antes de aprender a expresar su personalidad con palabras. Es importante desarrollar un lenguaje personal porque sin poder expresarse en términos personales se hace difícil comprender quiénes somos y para los demás resulta difícil relacionarse con nosotros. La autoestima de los niños se fundamenta en cuánto ellos perciben ser un valor para la vida de sus padres. Cuanto más nos den, más sana es nuestra autoestima. Los niños, además, nos obligan a afrontar conflictos existenciales sólo por el mero hecho de existir. Nos inducen a pensar en nuestros comportamientos destructivos, nos llevan al límite y nos hacen dudar de nuestras capacidades. Desenmascaran nuestros intentos pedagógicos de manipulación e insisten en nuestra presencia. Se ofenden rechazando nuestros consejos y nuestra guía. Afirman con orgullo su derecho a ser diferentes.

 

Hijos invisibles.

Son aquellos niños que jamás “son vistos” por aquello que son y por lo que sienten. No “son vistos”, sólo “son mirados”. Frecuentemente se cometen dos errores: o sólo se concentran en la superficie del niño, o se recurre a intervenciones psicológicas demasiado simples y a explicaciones que sólo empeoran el problema de fondo.

 

Una manera más difícil, pero más eficaz, de tratar el problema sería ayudar a recuperar la parte más sana de su personalidad y que retornen a la familia en la que no se estaban sintiendo bienvenidos. No tratar de combatir o eliminar la parte insana con motivaciones, fuerza o críticas. Así se rechaza la parte insana de su personalidad sin lograr que emerja la parte sana.

 

Los niños pasan a ser invisibles en la familia cuando se les asigna un rol particular: la princesa de papá, el bufón, el pequeño genio, etc.

VIOLENCIA EN LA INFANCIA.

El hecho de que las leyes no permitan la violencia física grave a los niños no significa que otras formas de violencia sean inocuas. Sencillamente, se ha establecido que ciertas formas de violencia no se han clasificado como criminales.

 

Algunas razones por las que los padres ejercen violencia sobre sus hijos son:

  • Por propensión o por ideología. “No creo que haga daño un cachete cuando se lo merecen”. A menudo reconocen que no pensaban así antes de convertirse en padres y que han cambiado al enfrentarse a la práctica día a día. Con frecuencia proceden de ambientes en los que son dominantes las ideologías totalitarias, ya sean políticas o religiosas.
  • Para tener poder sobre los hijos. El objetivo es el control y el dominio.
  • Por pérdida de autocontrol. Lo hacen esporádicamente, sintiéndose luego culpables por ello.

 

A corto plazo la violencia causa ansiedad, desconfianza y sentimiento de culpa en el niño. A largo plazo, disminución de autoestima, rabia y violencia. Las repercusiones no son necesariamente proporcionales a la frecuencia del castigo. El impacto depende más de si los padres asignan la responsabilidad de lo acontecido a sí mismos o a los hijos.

 

Cuando la educación violenta está motivada, como anteriormente explicado, por propensión o ideología, las consecuencias son:

    • La eliminación del ansia, sufrimiento y humillaciones sufridas, recordando la infancia como una etapa feliz.
    • El convencimiento de que la violencia sobre los niños que se portan mal es un método educativo razonable.
    • Una disminución de la autoestima, dificultad para valorar los límites externos a la propia persona y tendencia a comportamientos autodestructivos.
    • Contracciones y bloqueos específicos a nivel físico, en la espalda, estómago y pecho principalmente. Paralelamente, establecerá una reserva genérica con sus allegados.

 

Si las condiciones sociales son desfavorables, como problemas económicos, toxicodependencia de los padres, etc, las consecuencias se manifestarán antes bajo la forma de bajo rendimiento escolar, problemas de conducta, actividades criminales, toxicodependencia e intentos de suicidio.

 

Cuando a unos padres se les escapa un cachete, para mitigar las consecuencias, lo que pueden hacer es lo siguiente: intentar tranquilizarse, admitir su responsabilidad tanto de palabra como emotivamente, e intentar restablecer el daño excusándose y asegurando que la culpa no es del niño.

 

 

FEMINISMO Y MATERNIDAD. Por Patricia Terino Aguilar.

Lo he leído aquí y me ha gustado, así que lo reproduzco. Si la autora desea que lo elimine del blog, por favor, que me lo haga saber.

Es habitual contraponer los conceptos de feminismo y maternidad, presentándolos como si se excluyeran mutuamente y perteneciesen a ámbitos totalmente diferenciados dentro de una misma realidad: la de la mujer, su entorno y el mundo en el que vive. Y esta confrontación parece acentuarse en los últimos tiempos, en los que se ha empezado a tomar conciencia del yugo bajo el que han vivido las mujeres durante toda su historia, tomando pues medidas al respecto. Precisamente con esta intención surgen los primeros movimientos feministas, alcanzando su máxima relevancia y difusión en torno a los años setenta del pasado siglo, gracias en buena medida al contexto histórico del momento, donde las asociaciones de mujeres se hermanaron con otros muchos movimientos sociales y contraculturales para exigir los derechos de los que siempre habían estado privadas las mujeres. Y es precisamente sobre este clima reivindicativo donde comienza a fraguarse la idea de que la maternidad supone una carga más para la mujer, que por entonces comenzaba a abrirse paso en un mundo de hombres dentro del terreno laboral, profesional e intelectual.

El llamado feminismo de la diferencia a menudo ha empleado la maternidad como baza argumentativa a favor de la superioridad femenina, aunque algunas de las más conocidas feministas de este sector y defensoras de esta visión rechazaran la maternidad para sí mismas, como ocurre en el caso de Lou Salomé.

En cambio, el feminismo de la igualdad, cuya máxima representante histórica es Simone de Beauvoir, se ha pronunciado en muchas ocasiones abiertamente sobre esta cuestión. Beauvoir, en la que puede considerarse obra de culto del feminismo social y filosófico, El segundo sexo [1] , sostiene que la maternidad puede suponer un obstáculo importante en el desarrollo intelectual y personal de la mujer. En este caso es patente la coherencia entre la filosofía feminista desarrollada por Beauvoir y la vida que ella eligió vivir, declarando en numerosas ocasiones que no quiso tener hijos para dedicarse por entero a todo aquello que le apasionaba, y así lo hizo hasta el final de sus días. Huelga decir que esta visión de la maternidad como impedimento para la realización de la mujer en diferentes terrenos, es la defendida por Beauvoir tomando como base y modelo las sociedades occidentales contemporáneas, como bien afirma ella misma, por lo que parece apuntar que la situación a este respecto sería bien diferente sostenida sobre una organización social y cultural distinta.

Pero a pesar de las afinidades que comparto con el feminismo de la igualdad, mi visión sobre esta cuestión es algo diferente. La maternidad (y la paternidad por supuesto) forma parte del ciclo natural de nuestra especie y lo que desafortunadamente falla es la manara de ejercerla en nuestra sociedad occidental, donde las exigencias del sistema obligan a las madres a separarse de sus hijos cada vez a edades más tempranas para atender a sus obligaciones laborales o de otra índole. Los niños necesitan estar con sus padres (especialmente con su madre) de manera casi permanente durante los primeros años de su vida y lo que les reportará mayor felicidad será precisamente ser criados por sus padres de la forma más natural posible [2] . Esto supone ser amamantados siempre que lo requieran o necesiten durante el tiempo que gusten (es lo que se conoce como la lactancia a demanda) [3] , dormir con ellos, igualmente durante todo el tiempo que necesiten (es lo que llamamos colecho), jugar con ellos y ofrecerles todo nuestro amor, atendiendo a sus necesidades, especialmente las afectivas y personales, que son las que realmente importan. Los bebés criados de esta manera, en permanente contacto con sus madres, tal y como ocurre en otras culturas, se denominan bebés continuum (referidos al concepto del continuum) [4] para significar los lazos naturales que se establecen entre una madre y su hijo al ser criado este como lo hicieron todos nuestros antepasados y el resto de mamíferos [5] .

Pero el bebé continuum no parece ser apto para las modernas sociedades occidentales, donde las madres que hemos decidido atender a nuestro instinto natural y luchar contra las imposiciones del sistema tenemos que enfrentarnos cotidianamente a todo tipo de prejuicios y críticas, no solo desde los convencionalismos sociales, sino también desde los propios movimientos feministas, muchos de los cuales consideran a la maternidad una lacra para la liberación de la mujer. Una falsa liberación diría yo, impuesta por nuestra propia cultura y sistema imperante, levantado en torno a un constructo artificial que ha hecho que nos olvidemos de lo que somos en realidad. Estamos tan contaminados en este sentido que nuestras aspiraciones personales, intelectuales o laborales no nos permiten disfrutar de la crianza natural de nuestros hijos, pensando que unos cuantos años dedicados por entero a su cuidado no permiten nuestra realización personal, suponiendo un paso atrás en las conquistas que la mujer ha llevado a cabo en los últimos tiempos. No, la maternidad no es la cuenta pendiente del feminismo, sino más bien su aliada y la clave fundamental para que los cambios importantes que los distintos movimientos feministas y sociales reivindican sean efectivos.


La maternidad a tiempo completo (o a vida completa, como gustan de llamar algunos y algunas) representa, a mi juicio, el punto de partida para sentar las bases de una auténtica aunque lenta transformación de la sociedad; una sociedad que sigue adoctrinando a nuestras niñas a través de los más variados mecanismos y que continúa asignando determinados roles, actitudes y comportamientos para cada uno de los sexos, sometiendo a críticas a aquellos que se desvían del camino establecido.

El contacto permanente de los niños pequeños con sus padres les proporcionará la seguridad y la preparación suficientes para enfrentarse en un futuro al mundo que van a habitar, un mundo que necesita de un salto generacional en el terreno de los principios y valores consolidados desde el propio hogar, desde aquello que enseñamos a nuestros hijos y que les acompañará durante toda su vida, por lo que nos encontramos ante nuestra mayor responsabilidad.

La maternidad a tiempo completo y concretamente la crianza natural, en nuestros días supone más bien un desafío, un reto y un enfrentamiento constante con la sociedad y sus imposiciones. Desde esta maternidad a tiempo completo, muchas mujeres luchamos cada día contra los mecanismos de adoctrinamiento con los que cuenta el sistema, tales como la televisión, el consumismo o el ocio dirigido y organizado, utilizados con objeto de disuadir las conciencias de los verdaderos problemas de nuestro mundo, encontrándose entre los primeros de ellos el sexismo que sigue recorriendo cada rincón de nuestra sociedad.

La maternidad, lejos de suponer una traba para la liberación de la mujer, representa más bien todo lo contrario. Contribuye a nuestra realización personal y como especie, manteniéndonos vivas, y vivas también nuestras esperanzas de contribuir a la transformación de la sociedad a través de los valores y actitudes transmitidos a unos hijos criados en condiciones de igualdad entre ambos sexos pero conscientes de todo lo que queda por hacer aún y del papel que juega la educación a este respecto.

Nuestras aspiraciones y proyectos personales (que por otra parte, a mi juicio, no dejan de ser un constructo más de la artificialidad de nuestra cultura, aunque nos resulte imposible abandonarlos), seguirán acompañándonos, y están presentes en todo momento, esperando a ser realizados, sabiendo que no hemos renunciado a ellos, sino que hemos decidido pasar los primeros años de vida de nuestros hijos junto a ellos, guiadas por el instinto natural y no por los dictámenes de la sociedad.

Feminismo y maternidad, lejos de excluirse mutuamente, son realidades hermanadas, pues la maternidad, además de reportarnos las mayores alegrías imaginadas, nos brinda la posibilidad de mantenernos en la lucha, atacando al sistema desde la base, a través de todo lo que vamos a transmitir y enseñar a nuestros hijos.

Concluyo estas líneas mientras mi hija duerme sobre mis rodillas y mi pequeño mama incansable de mi pecho, en fin, mientras ejerzo mi maternidad a tiempo completo, sin olvidarme de quién soy, de lo que hemos dejado atrás, lo que hemos conseguido y lo que aún queda por hacer.

APEGO Y DIFERENCIAS SOCIALES Y CULTURALES.

¿La situación social y cultural cambia el tipo de apego? Veamos algunas consideraciones generales y otras más específicas.

Imprinting y formación de lazos.

Consideremos el apego como el éxito en el proceso de establecimiento de la relación. El lazo sería el componente de las fases iniciales de formación de una relación. En los seres humanos parece estar influenciado en gran medida por el contacto epidérmico entre madre y recién nacido. La atención materna está mediada por hormonas cuya presencia aumenta la predisposición a formar un lazo de apego. Si estas hormonas no están presentes, el lazo se debilita y termina por influir en la calidad del proceso de apego. De ello se concluye que el apego se compromete cuando falta el contacto precoz y que los bebés necesitan contacto físico estrecho durante un cierto período sensible para poder desarrollar el lazo primario que constituye la base de cualquier otro apego sucesivo. El contacto precoz constituye una oportunidad óptima para formar lazos de apego estrecho, pero no es condición necesaria y suficiente para la formación de un buen lazo de apego.

Hechas estas consideraciones generales sobre lo que es el apego y cómo se establece, veamos algunas diferencias sociales y culturales.

Apego y situación económica.

Se puede afirmar que los factores socioeconómicos tienen una importancia crucial para el desarrollo del apego. Una necesidad puede ser más “indulgente” con las interacciones entre niños y cuidador si éste no está demasiado ocupado con el trabajo o por la escasez de los recursos.

Los métodos de crianza preparan a los niños para desarrollar el comportamiento emotivo más acorde con su cultura. Por ello, cabe esperar que los niños criados en sociedades individualistas sean criados de manera distinta a los de sociedades colectivistas.

Investigaciones sobre los estilos de crianza occidentales.

Baumrind (1971) ha identificado tres estilos de padres muy implicados y un tipo poco implicado.

  • Autoritarios: el adulto impone normas sin explicarlas y recurriendo a castigos para asegurarse de que se cumplan. Tiende a hacer que el niño se desarrolle orientado al resultado, lleno de prejuicios, temoroso y pasivo.


  • Con autoridad: el adulto tiene un comportamiento flexible que alterna discusiones con líneas de comportamiento claras y busca responder a los sentimientos del niño. Se desarrollan personas seguras de sí mismas, con capacidad de autocontrol, alegres, cooperativas y curiosas.


  • Permisivos: el adulto deja al niño libre de expresarse dentro de límites poco definidos. Raramente ejerce control o expresa calidez por él. Suele producir rebelión, ausencia de objetivos, pocos resultados y poco autocontrol.


  • Negligencia o abandono: el adulto apenas se implica con el niño. No es controlado, se es muy permisivo y distante. Dan lugar a personalidades antisociales, rebeldes y hostiles.

Investigaciones interculturales.

Barry et al (1957) identificaron seis comportamientos comunes a todas las sociedades para los que son educados los niños:

  1. Obediencia.
  2. Responsabilidad.
  3. Capacidad de cuidar a los otros miembros de la sociedad.
  4. La atención a los resultados.
  5. La confianza en sí mismos.
  6. La independencia general.

      CRIANZA EN OTRAS CULTURAS. Alto contacto y bajo contacto.

      El papel que juega el entorno de crecimiento en el desarrollo infantil se ha estudiado bajo el nombre de “nicho evolutivo”. (C.M. Super y S. Harkness, 1986). Pretende hacer un paralelismo con el concepto “nicho ecológico” en biología, que busca integrar factores biológicos y ambientales. El nicho evolutivo sería un sistema en el que el ambiente físico, las circunstancias socioculturales de la educación infantil y las concesiones psicológicas de los educadores tienen su influencia. Por tanto, el ambiente de crecimiento del niño está influido por tres factores:

      • El ambiente físico y social en el que vive.
      • Las prácticas de puericultura.
      • Las representaciones que los adultos dan al crecimiento y desarrollo infantil.

      Un ejemplo sería lo que se consideran niños difíciles (o quizá de alta demanda, como últimamente se vienen llamando) de criar en distintas culturas. Por ejemplo, los niños con hábitos irregulares de sueño son considerados difíciles en Estados Unidos, ya que interfieren con el modo de vida de los padres, que aprecian su propia independencia y autonomía. Para los Kipsigis de Kenia, los niños duermen con las madres y se les lleva a la espalda casi todo el día. Con esta costumbre se elimina el problema del sueño. Para este pueblo, los niños difíciles son a los que no les gusta ir a la espalda o ser atendidos por otra persona que no sea la madre.

      En función de los métodos de cuidado de los bebés, estudios de etnopediatría de E. Balsamo han puesto de manifiesto que existen fundamentalmente dos formas de maternaje: de alto contacto y de bajo contacto. Por contacto se habla de la proximidad física entre niño y madre en los primeros años de vida. El alto contacto es típico de sociedades rurales y de países del hemisferio sur, mientras que el bajo contacto lo es en los países industrializados. Las diferencias en el día a día son numerosas entre ambos métodos. Las más significativas son las relativas a lactancia,desarrollo psicomotor y cómo pasan la noche y el día.

      Lactancia.

      El bebé en la cultura de alto contacto viene puesto al pecho muy pronto, en la primera media hora después del parto. Ellos presenta varias ventajas, tanto del punto de vista físico como psíquico. La succión estimula las contracciones uterinas, ayudando al desprendimiento de la placenta y a evitar hemorragias, estimula la subida de la leche y produce calostro, que tiene una importante función contra infecciones y protege de la ictericia. El lazo de apego instaurado entre madre e hijo tras el nacimiento tiene lugar así en el momento de mayor sensibilidad para ello.

      Tras el primer contacto, la lactancia se establece a demanda: el seno está disponible todo el día y toda la noche, realiza las tomas con frecuencia, crea sus propios ritmos de succión. La leche materna se adapta a las exigencias de cada uno de los recién nacidos, variando su composición, que es diferente si el niño ha nacido a término o si es prematuro, y también de un día a otro, en el transcurso del día e incluso durante la misma toma. Sólo la leche humana ofrece esta posibilidad de “autogestión” de la alimentación, en cantidad y en calidad. Un niño que requiera más lípidos, realizará tomas más largas.

      La leche materna, al ser de un contenido bajo en grasas y proteínas respecto a la leche de vaca, es más fácil de digerir y requiere una menor frecuencia entre una toma y otra. La producción de la leche materna está asociada a la frecuencia de la succión y a la voluntad de amamantar. De hecho, mujeres de edad avanzada han sido capaces de dar el pecho a niños huérfanos sólo por querer hacerlo y recibir el estímulo de la succión.

      La lactancia, además, es prolongada, durando a menudo dos años o incluso más. Todo ello beneficia al niño frente a infecciones y alergias, y a la madre de tumores al seno y a los ovarios.

      A pesar de las campañas de la OMS y de UNICEF de los “hospitales amigos de los niños”, en Occidente a menudo se siguen separando madres e hijos tras el parto y se siguen recomendando fijar las tomas en horarios rígidos (por ejemplo, cada tres horas). Es herencia de las recomendaciones de los años 50 y 60 del siglo XX, cuando se pensaba que amamantar era poco higiénico y poco adecuado desde el punto de vista nutricional, aconsejándose la leche artificial.

      Desarrollo psicomotor.

      En 1957, Gerber y Dean realizaron un estudio en Uganda sobre el desarrollo de los neonatos. Los resultados mostraron una precocidad pronunciada respecto a los bebés occidentales. Por ejemplo, mantenían erguida la cabeza entre dos y seis semanas antes y casi ausencia total de los reflejos típicos de los bebés. Esta investigación fue muy criticada por sus numerosas lagunas, además de que definir la precocidad neonatal es controvertido. Estudios posteriores más rigurosos (D. Vouilloux, 1959; E.E, Werner, 1972) sí que han puesto de manifiesto que la evolución psicomotriz de los niños occidentales es más lenta que la de los niños africanos e indios. Se ha llegado a hablar incluso de “precocidad infantil africana” por preferir el término al de retraso occidental.

      El progreso parece deberse a algunas costumbres de crianza. Mientras que en Estados unidos y en Europa los bebés de seis o siete meses pasan la mitad del día tumbados, los africanos sólo lo hacen una décima parte. Otros estímulos son el contacto constante con la madre u otras mujeres del grupo, el contacto táctil durante el masaje, el portear los bebés muchas horas, la lactancia a demanda, el compartir el espacio y el tiempo con otros niños y adultos.

      Algunos grupos tienen incluso técnicas específicas para que los niños se desarrollen lo antes posible. “Los bambara creen que deben ser capaces de sentarse a los tres o cuatro meses y para ello les adiestran; los congoleños consideran que si no es capaz de andar a los ocho meses es ya tarde y recurren a un curandero.”

      También se ha demostrado la mayor precocidad de niños africanos para resolver problemas que requieren instrumentos usados como prolongación del brazo y la combinación de dos objetos. Y ello a pesar de que no crecen en ambientes con numerosos objetos. Pero sí tienen acceso a aquellos de uso cotidiano, incluso los que los occidentales consideran peligrosos. A diferencia de los juguetes estudiados expresamente para la infancia, el empleo de objetos que no tienen una única función es especialmente importante para el juego simbólico, pasando más rápidamente de las acciones manifiestas a la representación mental.

      Noche y día.

      En el modelo de bajo contacto se prepara un espacio autónomo para el niño, donde éste pueda estar lejos de ruidos, luces y de otras personas. Tanto por la noche como durante el día se utilizan distintos lugares que no son los brazos donde pasará gran parte del día: cuna, cochecito, moisés, parque, hamaca, trona, tacataca,…Así pasan gran parte del primer año de vida alejados del cuerpo materno.

      En el modelo de alto contacto de día el bebé está en brazos o se lleva a la espalda (o en otra postura) y de noche duerme con la madre. Aunque muchos psicólogos y pediatras occidentales consideran que dormir acompañado obstaculiza la autonomía de los niños, y muchos padres lo ven como un “vicio” que cogen los bebés y se silencia cuando se está llevando a cabo, lo cierto es que es un modelo ampliamente difundido en todo el mundo.

      Compartir la cama beneficia la relación madre-hijo y se piensa que sea una protección contra el síndrome de la muerte súbita, ya que los movimientos involuntarios habituales ayudan a despertarse al bebé en las fases de sueño más ligero, cosa que no sucedería si durmiera solo. Esto parece confirmarse con el dato de que en Japón, con gran tradición de cama familiar y entre inmigrantes africanos y asiáticos en Occidente, la muerte súbita es muy rara. Además, dormir juntos reduce los llantos del bebé y sincroniza sus ritmos de sueño con los de la madre, ayuda a la lactancia con un aumento del nivel de prolactina.

      LA SOCIALIZACIÓN INFANTIL.

      Las dificultades de aprendizaje de un niño infeliz dependen del hecho de que la tensión emotiva interfiere con su capacidad para elaborar la información de modo sistemático. La inseguridad impide salir del ambiente familiar para explorar el mundo que le rodea; una de las tareas primarias del niño consiste, por tanto, en encontrar un punto de partida emotivo, una base segura desde la que desarrollar su emocionalidad.

      En general, los niños son sociables, se siente atraídos por los demás y desean interaccionar con ellos. Algunas de estas relaciones son privilegiadas, es decir, se tienden a formar lazos específicos con algunas personas. Por ejemplo, con el cuidador principal. Los lazos específicos dan seguridad al niño para explorar su entorno.

      Visiones tradicionales de la infancia.
      Un ejemplo extremo siempre se ha considerado el de Esparta, en el que los niños eran separados a la edad de 7 años de sus familias y se educaban para ser guerreros. A este punto me pregunto si la sociedad actual con sus guarderías para bebés de pocos meses se considera más civilizada.

      Los métodos de crianza estaban y están vinculados al modelo de edad adulta vigente en una cultura. De esta manera, se intenta preparar al niño para la que será su vida en el futuro, dándole las herramientas para integrarse en su sociedad y que sea un miembro útil a la misma. Las expectativas de los adultos, en el pasado, era que los niños asumieran numerosas responsabilidades, ayudando en el trabajo y en las labores domésticas.

      En los siglos XVI y XVII se modificó la visión de la infancia. Según una escuela de pensamiento, eran egoístas y dominados por instintos fundamentales, que la sociedad debería controlar. Por aquel entonces, como resultado de las expectativas antes citadas, raramente recibían instrucción formal y si esto sucedía, era en el tiempo libre. Por ejemplo, los niños acudían al colegio en el invierno, cuando no tenían que llevar a pastar a ovejas o vacas. Y si había nevado mucho ni siquiera asistían a clase. A cambio tampoco recibían formación en casa.

      En el siglo XX, en la época de la II Guerra Mundial, muchos psicólogos publicaron investigaciones sobre los efectos de la separación precoz de los niños y los padres. Se llegó a conclusiones como que podía provocar depresión grave, desarrollo intelectual deficitario, psicopatía por falta de afecto y favorecimiento de la delincuencia. Sobre la psicopatía por falta de afecto destaca Bowlby, a quien se deben las teorías más influyentes sobre la privación emotiva: hipótesis de la privación de cuidado materno y teoría del apego.

      Sociabilidad.
      Se puede definir como la tendencia a buscar la compañía y la amistad de los otros. Depende de la naturaleza del niño y de la cultura en la que vive inmerso.
      El niño que consigue estimular el interés y el afecto de los adultos aumenta sus posibilidades de supervivencia, ya que el adulto se ve empujado o motivado para permanecer a su lado y satisfacer sus necesidades básicas. Además, induciendo a los adultos a interaccionar con él, maximiza sus opciones de aprendizaje. Esta es una teoría evolucionista, puesto que da una explicación fundada en la adaptación y la supervivencia.

      Bibliografía: ““Early socialisation: Sociability and Attachment”. Cara Flanagan.

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